El fraude procesal y el terrorismo judicial como expresiones de desviación del sistema de justicia.

El fraude procesal puede ser entendido como toda actuación dirigida a inducir en error a los órganos encargados de administrar justicia mediante la alteración, simulación, ocultamiento o tergiversación de los hechos y de los medios probatorios, con la finalidad de obtener una decisión contraria a la verdad real y al orden jurídico. 

Se trata de una grave perversión del proceso, pues convierte a la administración de justicia en un instrumento de arbitrariedad y no en un mecanismo destinado a la búsqueda de la verdad real procesal y a la realización del derecho.

El fraude procesal y el terrorismo judicial como expresiones de desviación del sistema de justicia.

Cuando este tipo de actuaciones encuentra eco en decisiones inmotivadas, desproporcionadas o apartadas de los principios constitucionales que rigen el debido proceso, el fenómeno adquiere una dimensión aún más grave. En tales circunstancias, el proceso penal deja de ser una garantía de libertad para convertirse en un instrumento de intimidación, persecución y sometimiento, generando un clima de temor e incertidumbre incompatible con un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia.

Desde una perspectiva crítica, puede afirmarse que el denominado "terrorismo judicial" constituye la utilización desviada de las instituciones de justicia para infundir miedo, castigar anticipadamente o imponer restricciones arbitrarias a los derechos fundamentales, mediante decisiones manifiestamente desproporcionadas, ausencia de imparcialidad, valoración irracional de las pruebas o la aplicación de criterios incompatibles con los principios de legalidad, presunción de inocencia y tutela judicial efectiva.

En este contexto, las decisiones arbitrarias no solo lesionan los derechos individuales de quienes las padecen, sino que generan un efecto intimidatorio sobre toda la sociedad, sembrando desconfianza en las instituciones y transmitiendo el peligroso mensaje de que la libertad y la dignidad humana pueden quedar sometidas a la discrecionalidad de quienes ejercen el poder jurisdiccional.

La justicia no puede ser un mecanismo de miedo ni una herramienta de castigo anticipado. Allí donde la arbitrariedad sustituye al derecho, donde la presunción de culpabilidad desplaza a la presunción de inocencia y donde la fuerza del prejuicio prevalece sobre la fuerza de las pruebas, el proceso deja de ser un instrumento de justicia y se transforma en una manifestación de fraude procesal y de violencia institucional, incompatible con los valores superiores que inspiran la Constitución y los derechos humanos.


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