Violencia institucional flagrante es cuando el Estado calla frente a la injusticia. La impunidad manifiesta no surge únicamente de la ausencia de sanción frente a conductas ilícitas.

Debe llamarse a las cosas por su nombre. Cuando las instituciones del Estado conocen denuncias sobre violaciones al debido proceso, parcialidad judicial, fraude procesal, manipulación de los hechos, abuso de poder o privaciones arbitrarias de libertad y, aun así, permanecen indiferentes o permiten la continuidad de tales actuaciones, no estamos frente a una simple irregularidad administrativa ni ante una omisión inocua. Estamos frente a una auténtica y flagrante violencia institucional.

Violencia institucional flagrante es cuando el Estado calla frente a la injusticia. La impunidad manifiesta no surge únicamente de la ausencia de sanción frente a conductas ilícitas.

La violencia institucional se materializa cuando el poder público, en lugar de proteger los derechos fundamentales, se convierte por acción o por omisión en un factor generador, facilitador o tolerante de las violaciones denunciadas. Más aún, cuando los órganos encargados de corregir los abusos guardan silencio o se niegan a ejercer los controles constitucionales que les corresponden, la lesión deja de ser individual para convertirse en una manifestación estructural de injusticia.

No puede considerarse compatible con el Estado de Derecho que una persona permanezca sometida durante años a un proceso penal arbitrario, a medidas restrictivas de libertad desproporcionadas o a decisiones carentes de motivación suficiente, mientras las instituciones encargadas de garantizar la legalidad observan pasivamente el desarrollo de tales vulneraciones. Esa indiferencia institucional constituye una forma de violencia ejercida desde las estructuras del poder. 

El silencio estatal frente a la arbitrariedad judicial no es neutral. El silencio que permite la continuación del abuso, que ignora las denuncias y que se niega a restablecer el orden constitucional quebrantado, se transforma en un acto de participación institucional en el daño causado. Allí donde existe conocimiento de la injusticia y ausencia de corrección efectiva, emerge una responsabilidad que trasciende al funcionario individual y compromete a las instituciones mismas.

Por ello, cuando el aparato estatal tolera, encubre o simplemente ignora violaciones evidentes de derechos fundamentales, corresponde denominar tal conducta por su verdadera naturaleza: una flagrante violencia institucional que erosiona la confianza pública, debilita la legitimidad de la justicia y coloca en grave riesgo las garantías que constituyen el fundamento mismo de la libertad y de la dignidad humana.

La impunidad manifiesta como expresión de la violencia institucional flagrante. 

Cuando las denuncias sobre arbitrariedades, fraude procesal, abuso de poder y violaciones de derechos fundamentales son sistemáticamente ignoradas, minimizadas o desatendidas por los órganos llamados constitucionalmente a investigar y corregir tales desviaciones, nos encontramos frente a lo que puede denominarse una situación de impunidad manifiesta.

La impunidad manifiesta no surge únicamente de la ausencia de sanción frente a conductas ilícitas; también se configura cuando el Estado, teniendo conocimiento de graves denuncias sobre violaciones al debido proceso y a la tutela judicial efectiva, permanece indiferente o se abstiene de ejercer los mecanismos de control necesarios para restablecer el orden constitucional quebrantado.

En tales circunstancias, el silencio institucional deja de ser una simple omisión y se transforma en una forma de violencia institucional flagrante, pues la pasividad del poder público favorece la perpetuación del daño y transmite un mensaje de tolerancia frente a la arbitrariedad. La ausencia de investigación, la falta de corrección de las desviaciones procesales y la indiferencia frente a las denuncias formuladas constituyen factores que alimentan y consolidan la impunidad.

No puede existir un auténtico Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, en donde las violaciones de derechos humanos permanecen sin respuesta, donde las garantías constitucionales son sacrificadas por razones ajenas a la justicia y donde las instituciones encargadas de proteger a los ciudadanos se convierten, por acción u omisión, en instrumentos de perpetuación del abuso.

Porque cuando el abuso se normaliza, cuando las denuncias son ignoradas y cuando las víctimas de las arbitrariedades son abandonadas por las instituciones llamadas a protegerlas, ya no estamos frente a errores aislados o simples irregularidades procesales. Estamos frente a una impunidad manifiesta que compromete la responsabilidad del Estado y que constituye una de las expresiones más graves de la violencia institucional en una sociedad que aspira a vivir bajo el imperio de la Constitución y de los derechos humanos.

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